Primera Compañía, Cuerpo de Bomberos de Santiago

Incendio Iglesia De La Compañía

Diciembre 8 de 1863

Encontrándose la ciudad de Santiago prácticamente desvalida de protección adecuada contra los incendios sobreviene la horrorosa tragedia del 8 de Diciembre de 1863. La historia denomina a esta siniestra hecatombe que causó la muerte a dos mil personas como el Incendio del Templo de la Compañía. Así lo denomina también el Cuerpo de Bomberos en su acta de fundación, pero el Templo ya no pertenecía a los jesuitas. La Compañía estaba disuelta, sus bienes habían pasado a otras manos. Por eso podemos decir que el templo restaurado por la sociedad católica de Santiago en 1841 y que se quemó nuevamente en 1863 no pertenecía ya a sus antiguos dueños los jesuitas y que sus pomposas funciones y exagerados adornos e iluminación, fueron el corolario trágico de ancestral costumbre que a todos gustaba, como esos mil hachones encendidos e incontables cirios que otrora iluminaron el entierro de la Quintrala.
En 1855 se celebró por primera vez en Chile el Mes de María y para fomentar esta devoción el presbítero don Juan Bautista Ugarte fundó la Institución de las Hijas de María. El número de socias alcanzaba a siete mil el año 1863 y se congregaban en la iglesia, en cuyo interior se les había reservado dos capillas especiales.

Ese día 8 de Diciembre de 1863, durante la mañana, desde muy temprano, el señor Ugarte les había dado la comunión y las había invitado a rezar un trisagio y oír al célebre orador sagrado don José Ignacio Víctor Eyzaguirre, a las siete y media de la tarde, hora en que se clausurarían las festividades del Mes de María.

Las mujeres de Santiago, jóvenes y viejas, ricas y pobres, llegaron a la cita con mucha anticipación. A las tres de la tarde la plazuela bullía y se animaba con la presencia de distinguidas damas acompañadas de sus fieles servidores, de hermosas jovencitas vistiendo crinolinas de ancho ruedo, estudiantes, costureras, lavanderas y toda suerte de gente ansiosa de lograr una buena ubicación dentro del templo. A muchas se les había prohibido asistir a tal aglomeración y apretura, pero igual estaban ahí, y cuando a las cinco de la tarde oyeron el ruido de los cerrojos de las puertas que se abrían, como una avalancha, llevándose todo por delante, se precipitaron a tomar las mejores colocaciones.

El Arzobispo Valdivieso descendió de su carroza y entró por la puerta lateral. No miraba con buenos ojos la suntuosidad mundana que el señor Ugarte había impreso al culto de María y se retiró con ceño adusto repitiendo como estribillo: ¡Prudencia, prudencia, prudencia!.

La gente seguía llegando y luchaba por entrar a ver ese recinto que “alumbraba como la gloria” aún antes de que se hubiesen encendido las siete mil lámparas y luces.

Los sacristanes terminaban ya su laboriosa tarea y en el templo no cabía una persona más, una compacta muchedumbre se agolpaba en las puertas lamentando su mala suerte de no haber podido entrar. A nadie desanimó el fuerte temblor de las cuatro. Estas personas no vieron cuando comenzó el fuego dentro de la iglesia y trataron de ocupar los sitios vacíos que dejaban los que huyeron de inmediato. Los de dentro y los de fuera formaron verdaderas barreras humanas que se pudo deshacer solo cuando esos cuerpos habían perdido la vida y el incendio se había extinguido.

El fuego comenzó en el altar de la Virgen. La llama de uno de los vasos o lámparas inflamó adornos fabricados con género e hilos de colores por las mismas devotas socias. Un hombre se acercó y los sopló para apagarlos. El fuego cundió en los adornos de géneros y papeles. El hombre se sacó la chaqueta y con ella trató de sofocar las llamas. Todo fue inútil y el fuego alcanzó otros adornos de gasa y tules que pendían de lo alto. Lo demás es lo que tenía que pasar en un recinto cuyos muros y altares estaban recubiertos enteramente por adornos de fácil combustión y que era iluminado, o mejor dicho caldeado, por miles de globos y lámparas, todas con cantidad de parafina suficiente para mantener una llama encendida durante varias horas. El fuego llovió desde las lámparas y arañas de luces sobre la concurrencia y el piso de madera. El piso ardió regado por la parafina y las llamas se elevaron desde el suelo inflamando vestiduras y largas cabelleras. Ardió la concurrencia! Mucho se ha escrito sobre los atroces dolores de las dos mil víctimas, de su desesperación, de su cruel agonía, de la tragedia de este episodio nacional, de cómo hubo mujeres que para abreviar su martirio se despedazaban la cara con sus propias uñas, pero no es mi ánimo abundar en este dramático aspecto del incendio.

La campana de la Catedral toca a fuego. Desde la torre de la antigua iglesia de los jesuitas se eleva al cielo una densa columna de humo negro. El reloj da siete campanadas pausadamente y su sonido se mezcla con el repique de la alarma. Minutos después la torre es envuelta por las llamas como gigantesca antorcha visible desde toda la ciudad.

A las ocho de la noche se hundió la cúpula central produciendo un estruendo espantoso, que apagó los clamores de auxilio. En seguida cayó la torre y el campanario. La paz había descendido, al fin, sobre las dos mil mujeres que quedaron encerradas en el interior del templo. Una enorme muchedumbre, contenida por tropas de línea a una cuadra de distancia, forcejeaba por acercarse a la iglesia.

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El Presidente don José Joaquín Pérez y el Intendente don Francisco Bascuñán Guerrero se instalaron en las gradas de una de las puertas posteriores de la Catedral a presenciar el incendio. Allí se les reunieron los Ministros, Generales y otras autoridades. De ese improvisado puente o puesto de mando se tomaron las medidas más urgentes e inmediatas y se recibieron las primeras informaciones.

Al incendio siguió una apasionada controversia si se demolían los muros de la iglesia o se la reconstruía por quinta vez. El 14 de Diciembre, más de dos mil hombres, armados de palas, chuzos y hachas se dieron cita en las ruinas para demoler las murallas, pasando por sobre la autoridad. La Municipalidad sesionó ese mismo día y comisionó a los regidores Vidal, Dávila, Sazié y Guerrero para que le pidieran al Presidente de la República la autorización para arrasar hasta los cimientos la iglesia incendiada propiedad del Estado de Chile. El decreto de demolición fue firmado por Pérez y su Ministro Güemes, y se le entregó al poeta don Guillermo Matta quien desde una ventana del Consulado lo leyó al pueblo y les peroró en tal forma que los irascibles demoledores se dispersaron gritando: ¡Viva el Presidente de la República!